VEINTICINCO AÑOS SIN LAS TORRES GEMELAS: UNA MIRADA DE ARQUITECTO A NUEVA YORK

11/09/2026
David Lladó i Porta

ARQUITECTURA

11 de septiembre de 2026

Hace veinticinco años que el mundo vio caer el World Trade Center. Yo las conocí mucho antes de aquel día: en marzo de 1989 viajé a Nueva York y fotografié las Torres Gemelas desde distintos puntos de Manhattan y desde el observatorio del World Trade Center. Recupero hoy aquellas imágenes —testimonio de una arquitectura que ya no existe— para hablaros, desde mi profesión, de cómo estaban construidas aquellas torres y de qué provocó realmente su colapso.

Una obra de ingeniería antes que un icono

El World Trade Center fue diseñado por el arquitecto Minoru Yamasaki y promovido por la Port Authority of New York and New Jersey. Las obras se iniciaron en 1966 y la Torre Norte (1 WTC) abrió en 1970, seguida de la Torre Sur (2 WTC) en 1971-72. Con 110 plantas y 417 y 415 metros de altura respectivamente, fueron durante un breve período los edificios más altos del mundo, superando al Empire State Building después de 41 años de dominio de este.

El reto de Yamasaki no era solo compositivo: había que liberar la máxima superficie de alquiler posible mediante plantas libres de obstáculos y, al mismo tiempo, resistir vientos huracanados a gran altura sin un núcleo estructural masivo convencional. La solución la aportó el ingeniero estructural Fazlur Rahman Khan, del estudio Skidmore, Owings & Merrill, en colaboración con Worthington, Skilling, Helle & Jackson, que desarrollaron para las torres uno de los primeros grandes ejemplos construidos de lo que hoy conocemos como sistema de tubo estructural (framed tube).

Cómo estaban construidas: el sistema de «tubo dentro de tubo»

La estructura de las Torres Gemelas puede resumirse en tres componentes que trabajaban conjuntamente:

El tubo perimetral. La fachada no era un simple cerramiento, sino el principal elemento estructural: 59 columnas de acero muy próximas entre sí en cada lado (unos 240 pilares por torre en total), unidas mediante vigas perimetrales profundas que formaban una retícula rígida —técnicamente, vigas Vierendeel—. Este conjunto se comportaba como un tubo continuo capaz de resistir por sí solo prácticamente toda la carga lateral del viento, trabajando a flexión en voladizo desde los cimientos. Las ventanas, estrechas (unos 45 cm de anchura), respondían precisamente a esta densidad de columnas.

El núcleo central. Un segundo tubo, rectangular e interior, albergaba los ascensores, escaleras e instalaciones, y soportaba buena parte de la carga vertical (peso propio) del edificio.

Las vigas de forjado en celosía (floor trusses). Entre el tubo exterior y el núcleo, unos forjados ligeros formados por viguetas trianguladas de acero —de unos 18-20 metros de luz libre, sin pilares intermedios— sostenían las plantas de oficinas y, al mismo tiempo, arriostraban lateralmente el tubo perimetral, evitando que pandease hacia el exterior. Esta ligereza permitió unas plantas diáfanas extraordinarias para la época, pero, como veremos, también tuvo un papel determinante en el colapso.

Para resolver el problema de los ascensores en un edificio tan alto, Khan introdujo el concepto de sky lobbies (plantas 44 y 78), que permitían combinar ascensores exprés con espacios de uso común, ahorrando espacio que en un edificio convencional se habría destinado íntegramente a los huecos de ascensor.

Era, en definitiva, una arquitectura de notable racionalidad estructural: ligera, eficiente en el uso de materiales y pensada para resistir el viento y, hasta cierto punto, también el impacto de una aeronave —de hecho, se realizaron estudios previos sobre el impacto de un Boeing 707 perdido en la niebla, aunque nunca se contempló un escenario como el del 11 de septiembre de 2001, con el incendio prolongado resultante—.

Por qué se derrumbaron

Los informes técnicos de referencia —los del National Institute of Standards and Technology (NIST) de Estados Unidos, publicados en 2005— son claros a la hora de descartar explicaciones simplistas («el acero se fundió») y de explicar una secuencia concreta:

El impacto. Los aviones destruyeron o dañaron directamente un número importante de columnas del tubo perimetral y del núcleo, y desprendieron parte del material ignífugo (fireproofing) que recubría el acero de vigas y columnas próximas a la zona de impacto. A pesar del daño, las torres redistribuyeron las cargas gracias precisamente a su concepción como tubo —una prueba involuntaria de la robustez del sistema estructural— y se mantuvieron en pie.

El incendio. El fuego del queroseno de aviación y, sobre todo, la combustión del mobiliario y materiales de las plantas de oficinas, ardió durante decenas de minutos sin protección ignífuga en muchos puntos. El acero no se fundió —su punto de fusión es muy superior a la temperatura de estos incendios—, pero a partir de los 500-600 °C pierde una parte muy significativa de su resistencia y rigidez.

El mecanismo de colapso. Aquí se encuentra el hallazgo más relevante del NIST: no fueron las vigas de forjado rompiéndose y «apilándose» (el denominado pancake collapse que a menudo se describe popularmente), sino un proceso más sutil. Las viguetas de forjado calentadas se deformaron y curvaron (sagging) y, al hacerlo, tiraron hacia el interior de las columnas perimetrales próximas, ya debilitadas por el calor. Estas columnas pandearon hacia el interior; las columnas vecinas tuvieron que asumir una carga repentinamente superior a su capacidad y también fallaron. Una vez se perdió suficiente capacidad portante en un lado, la parte superior de la torre se inclinó y el peso de todas las plantas superiores, al caer sobre las inferiores, generó una fuerza de impacto muy superior a la que estas podían resistir, desencadenando un colapso progresivo de arriba abajo en cuestión de segundos.

En pocas palabras: el acero no falló porque se fundiera, sino porque perdió resistencia y rigidez debido al calor sostenido sin protección ignífuga, en un edificio que ya había sufrido un daño estructural directo importante. Es un recordatorio duro, pero técnicamente valioso, de hasta qué punto la protección pasiva contra incendios forma parte de la estructura tanto como el propio acero.

Una reflexión, veinticinco años después

Como arquitecto, volver a mirar aquellas fotografías de 1989 —tomadas cuando las torres eran, sencillamente, el skyline de Nueva York, sin ninguna otra carga simbólica— me provoca una doble mirada. Por un lado, la admiración por una solución estructural brillante para su tiempo, pionera en el uso del tubo perimetral que hoy encontramos, evolucionado, en rascacielos de todo el mundo. Por otro, la conciencia de que ningún sistema estructural, por innovador que sea, es ajeno a las condiciones extremas para las que no fue diseñado.

Veinticinco años después, las lecciones del World Trade Center siguen presentes en la forma en que diseñamos y protegemos frente al incendio los edificios en altura: en la robustez estructural ante daños localizados, en la redundancia de los sistemas portantes y en la importancia crítica de la protección pasiva contra el fuego. Es, en el fondo, el legado más duradero de aquel edificio: no su altura, sino todo lo que aprendimos, de la manera más dolorosa posible, sobre cómo se comporta una estructura cuando se lleva al límite.